La memoria cultural que guía la migración de los guanacos patagónicos
Un estudio revela que los guanacos no migran por instinto puro: transmiten rutas generación tras generación mediante aprendizaje social, dibujando un mapa invisible sobre la estepa.

Cuando la Patagonia empieza a enfriarse y los pastos de altura se cubren de escarcha, los guanacos inician un desplazamiento que han repetido durante miles de años. Pero lo que durante mucho tiempo se atribuyó a un instinto ciego tiene una explicación más sofisticada: una memoria cultural que los grupos transmiten de madres a crías, de manadas experimentadas a jóvenes que recorren por primera vez los corredores migratorios.
Investigaciones recientes describen cómo los guanacos siguen rutas aprendidas, no programadas genéticamente. Los animales más viejos lideran los desplazamientos y las crías memorizan los recorridos, las aguadas, los pasos entre mesetas. Es un conocimiento colectivo que se pierde cuando una población es fragmentada por rutas, alambrados o presión de caza.
Este hallazgo tiene implicancias directas para la conservación en la Patagonia. Si las rutas migratorias dependen de la transmisión cultural, cada barrera que interrumpe el flujo de una manada no solo afecta a esos individuos: borra un tramo del mapa invisible que tardó generaciones en construirse. Los alambrados ganaderos, las rutas provinciales sin pasos de fauna y la expansión de la actividad petrolera en mesetas centrales son obstáculos concretos que enfrentan los guanacos en Río Negro, Neuquén, Chubut y Santa Cruz.
El guanaco es el herbívoro nativo más grande de la estepa patagónica y cumple un rol ecológico clave: dispersa semillas, fertiliza suelos y sostiene la cadena trófica que incluye al puma, al águila mora y al cóndor. Su población, que alguna vez se estimó en decenas de millones antes de la colonización ganadera, hoy se concentra en focos aislados, muchos de ellos en tierras fiscales o en estancias donde la convivencia con el ganado ovino genera conflictos.
Desde la mirada binacional, el guanaco también habita la Patagonia chilena, especialmente en Magallanes y Tierra del Fuego, donde enfrenta presiones similares. La coordinación entre ambos países para proteger corredores biológicos sigue siendo una deuda pendiente.
Lo que este estudio pone sobre la mesa es que conservar guanacos no alcanza con proteger individuos: hay que proteger el movimiento, la conexión entre territorios, la posibilidad de que una cría aprenda de su manada dónde está el agua cuando la meseta se seca. Es preservar una inteligencia colectiva que lleva miles de años navegando la Patagonia.