El origen del Chapuzón: de cinco amigos a siete mil quinientos valientes
Jorge Alvarado, uno de los fundadores, reconstruyó la historia del Chapuzón del Estrecho: lo que nació en 2008 como una apuesta entre amigos hoy define la identidad invernal de Punta Arenas.
Las tradiciones que duran no nacen de decretos ni de planes de marketing. Nacen de la terquedad de unas pocas personas que deciden hacer algo distinto. El Chapuzón del Estrecho de Magallanes es un ejemplo perfecto de ese mecanismo.
Jorge Alvarado lo recuerda con precisión: el año 2008, cinco amigos, una idea simple y ninguna garantía de que alguien más se sumaría. La propuesta era directa —lanzarse al agua helada del Estrecho en pleno invierno— y su lógica era puramente local: en Punta Arenas, el frío no es una excusa para quedarse adentro. Es una invitación a demostrar de qué está hecha la gente del sur.
Dieciocho años después, el Chapuzón es otra cosa. Este sábado 27 de junio, 7.500 personas entraron al Estrecho de Magallanes a las 15:19 horas. La Costanera de Punta Arenas se transformó en un hervidero humano que mezcló familias magallánicas de toda la vida con turistas llegados de Arica, Santiago, Valparaíso, Venezuela y Alemania. El agua seguía igual de fría. El viento también.
Lo que cambió es la escala y el significado. El Chapuzón ya no es solo un evento: es el eje central de las Invernadas, el ciclo de celebraciones con que Punta Arenas reivindica su invierno. Organizado por la Municipalidad, el evento creció hasta convertirse en un fenómeno turístico y cultural que genera cobertura mediática en toda la Patagonia binacional.
Pero la historia que cuenta Alvarado importa porque habla de algo anterior a toda esa institucionalización: habla del momento en que una ciudad decide, casi sin darse cuenta, cuál va a ser su relato propio. Punta Arenas eligió el frío como identidad y el Estrecho como escenario. Esa elección, que en 2008 parecía excéntrica, hoy parece obvia.
Para GLOBALpatagonia, la historia del Chapuzón es también la historia de cómo la cultura austral se construye desde adentro. No desde un ministerio ni desde una estrategia de marca-ciudad, sino desde cinco personas que un día de invierno decidieron meterse al agua y volver al año siguiente.


