El árbol más antiguo de la Patagonia: el Alerce Abuelo, segundo en el mundo
Crece en un parque nacional argentino y es uno de los organismos vivos más antiguos del planeta. El Alerce Abuelo no es solo un árbol: es un archivo viviente del clima, el bosque y la historia profunda del sur. Una presencia que obliga a pensar la Patagonia en otra escala de tiempo.
Hay cosas que no se miden en décadas ni en siglos. El Alerce Abuelo, el ejemplar de alerce más antiguo de la Argentina y el segundo más viejo de su especie en todo el mundo, existe desde mucho antes de que hubiera nombre para este territorio. Crece en un parque nacional de la Patagonia argentina, silencioso y monumental, como si el tiempo le fuera indiferente.
El alerce —Fitzroya cupressoides— es una especie endémica de los bosques andino-patagónicos de Argentina y Chile. Puede vivir más de tres mil años, y los ejemplares más longevos son verdaderos testigos geológicos: registran en sus anillos de crecimiento las sequías, los volcanes, los cambios de temperatura que modelaron el paisaje durante milenios. El Alerce Abuelo es uno de esos registros irreemplazables.
A diferencia del ejemplar chileno que encabeza la lista —el llamado Gran Abuelo, en la región de Los Ríos, cuya edad supera los 5.000 años según algunos estudios recientes—, el Alerce Abuelo argentino forma parte de un ecosistema de bosque templado húmedo que se extiende a ambos lados de la cordillera. La especie no reconoce fronteras: es binacional por naturaleza, y su conservación también debe serlo.
El alerce está clasificado como especie en peligro de extinción. Durante siglos fue explotado por su madera extraordinariamente durable —los tehuelches la conocían, los colonos la talaron— y hoy su reproducción es lentísima. Un árbol que tarda décadas en alcanzar unos pocos metros de altura no se repone fácilmente del impacto humano. Las áreas protegidas son su último refugio real.
Que la Patagonia albergue al segundo ejemplar más antiguo de su especie no es un dato de almanaque. Es una responsabilidad. La región que produce energía, que exporta petróleo y gas, que recibe millones de turistas cada año, también es custodio de algo que no tiene precio ni reemplazo: un ser vivo que lleva milenios de pie en el mismo lugar, contando una historia que ningún archivo humano puede igualar.
La pregunta que queda abierta es política y urgente: ¿qué nivel de protección efectiva tienen hoy estos bosques ante el avance de incendios, la presión turística desregulada y el cambio climático? El Alerce Abuelo sobrevivió a todo lo anterior. No está garantizado que sobreviva a lo que viene.


