La comunidad hippie que eligió la Patagonia para fundar un mundo distinto
Una historia que nació al calor del flower power de los años 60 y echó raíces en el sur argentino. Arte, naturaleza y lazos comunitarios como forma de vida en uno de los paisajes más intensos del continente.

Cuando el movimiento contracultural sacudía las ciudades del mundo a fines de los años sesenta, un grupo de artistas y soñadores decidió que la Patagonia era el lugar donde podían empezar de nuevo. No buscaban comodidades ni promesas de progreso urbano: querían naturaleza avasallante, silencio y la posibilidad de construir vínculos genuinos lejos del ruido.
La comunidad se instaló en una zona agreste del sur argentino, donde los recursos eran escasos pero la libertad era absoluta. La vida cotidiana se organizaba en torno a la tierra: huerta, leña, construcciones precarias y mucho arte. Pintores, músicos y poetas encontraron en la inmensidad patagónica una inspiración que no hallaban en ninguna otra parte.
Lo que empezó como un experimento utópico terminó convirtiéndose en una forma de vida que atravesó generaciones. Los fundadores desafiaron los modos tradicionales de habitar el territorio, se enfrentaron al escepticismo de las comunidades vecinas y sobrevivieron a inviernos feroces sin más calefacción que el fuego y la convicción de que estaban donde debían estar.
Para quienes vivimos en la Patagonia, esta historia tiene un significado particular. La región siempre fue refugio de quienes buscan algo distinto, de los que no encajan en los moldes de las grandes capitales. Desde los pueblos originarios que la habitaron durante milenios hasta los pioneros europeos, pasando por los galeses del valle y los chilenos que cruzaron la cordillera, el sur fue siempre tierra de llegada y de reinvención.
Lo notable de esta comunidad es que no vino a explotar recursos ni a especular con tierras. Vino a quedarse, a convivir con el paisaje y a dejar una huella cultural que hoy forma parte del tejido identitario de la zona. Sus descendientes mantienen viva la llama de aquella utopía original, adaptada a los tiempos pero fiel a la idea de que otra forma de vivir es posible.
En un momento en que la Patagonia enfrenta presiones inmobiliarias, extractivismo y debates sobre el uso del territorio, mirar hacia estas experiencias comunitarias ofrece una perspectiva diferente. No todo tiene que ser megaproyecto o commoditie: a veces, lo más transformador es un grupo de personas que decide habitar un lugar con respeto y con alma.
La historia de estos hippies patagónicos es, en el fondo, una historia sobre el derecho a elegir cómo se vive y dónde se ponen las raíces. Y la Patagonia, con su inmensidad generosa y exigente, sigue siendo el escenario ideal para ese tipo de apuestas.