La 62ª Expedición Antártica Chilena cierra con cooperación internacional inédita
El rompehielos Almirante Viel repatrió las últimas dotaciones y cerró una temporada estival que marcó un antes y un después en la ciencia polar del sur. Desde Punta Arenas, el INACH consolida a Chile como potencia antártica con presencia en múltiples frentes de investigación simultáneos.

El puerto de Punta Arenas fue testigo del cierre oficial de la 62ª Expedición Científica Antártica (ECA) chilena. Con el arribo del rompehielos Almirante Viel de la Armada de Chile —trayendo a bordo las últimas dotaciones de la temporada estival— el Instituto Antártico Chileno (INACH) dio por concluida una de las campañas más ambiciosas de su historia reciente.
La expedición no fue solo un despliegue logístico de magnitud: representó un salto cualitativo en la forma en que Chile entiende su rol en el continente blanco. Investigadores de diversas disciplinas trabajaron en paralelo sobre ecosistemas marinos bajo presión climática, biodiversidad antártica y cambio ambiental, con equipos que rotaron a lo largo de meses en condiciones extremas.
Lo que distingue a esta 62ª edición es la dimensión internacional del esfuerzo. Durante la temporada, el rompehielos Viel también transportó a científicos canadienses en el marco de una expedición conjunta que culminó con un seminario binacional en la sede del INACH en Punta Arenas. Ese encuentro Chile-Canadá condensó semanas de trabajo de campo compartido y abrió la puerta a futuros protocolos de colaboración en investigación polar.
Para la Patagonia, esto no es un dato lejano. Punta Arenas es la puerta de entrada a la Antártida: el puerto desde donde zarpan los rompehielos, la ciudad donde viven los investigadores, el territorio donde se forma el capital humano que sostiene años de ciencia polar ininterrumpida. La Patagonia austral no es base de operaciones por accidente — es parte constitutiva de la identidad antártica chilena.
En paralelo a la expedición, el INACH avanza en otro frente: la formación de la próxima generación de científicos antárticos. En el laboratorio Embajador Jorge Berguño Barnes —ubicado en Punta Arenas— se desarrollan investigaciones sobre respuesta de ecosistemas marinos a presiones crecientes, con becarios y estudiantes de posgrado que trabajan junto a investigadores con experiencia de campo en el continente blanco.
A eso se suma la Alianza Interuniversitaria Chile Antártico (AICA), que terminó de definir su misión y visión institucional y proyecta integrar la temática antártica en carreras universitarias de diversas disciplinas. La idea es clara: que la Antártida no sea solo territorio de geólogos y biólogos marinos, sino una dimensión transversal de la formación profesional en el extremo sur.
Desde el Sur Global, la Antártida no es un lugar abstracto. Es el horizonte cotidiano de Punta Arenas, el destino de barcos que salen del estrecho de Magallanes, el laboratorio natural que define el futuro del planeta. Y cada expedición que vuelve es también un recordatorio de que este rincón del mundo no está en los márgenes: está en el centro de lo que importa.


