Trigo y avena junto al Perito Moreno: cosecha inédita en Santa Cruz
Por primera vez se registraron rendimientos de hasta 3.500 kg/ha de avena y 3.000 kg/ha de trigo en campos próximos al glaciar Perito Moreno, en una experiencia productiva sin antecedentes en esa latitud de Santa Cruz.
El paisaje que rodea al glaciar Perito Moreno tiene pocos rivales en el planeta. Y ahora tiene algo nuevo: espigas de trigo y avena cosechadas por primera vez en campos de esa latitud extrema, a pocos kilómetros de uno de los glaciares más fotografiados del mundo. La experiencia, inédita en la zona, abrió preguntas tanto agronómicas como ambientales sobre lo que está cambiando en el extremo sur de la Patagonia continental.
Los rendimientos registrados son llamativos para cualquier productor que conozca las condiciones de Santa Cruz: cerca de 3.500 kilogramos por hectárea en avena y 3.000 en trigo. No son números récord para la región pampeana, pero para campos ubicados en una de las zonas más frías y ventosas del país representan un hito productivo real. La cosecha demuestra que ciertas variedades de cereales de invierno pueden prosperar en condiciones que hasta hace poco se consideraban incompatibles con la agricultura.
La pregunta que no puede eludirse es qué explica este resultado. El cambio climático está modificando los patrones de temperatura y precipitación en toda la Patagonia, y la región del lago Argentino no es la excepción. Temporadas más largas sin heladas tardías, inviernos que liberan antes la tierra: estos factores pueden estar operando detrás de lo que parece un logro puramente agronómico.
Eso no le quita mérito a la experiencia —requirió selección de variedades, manejo técnico y apuesta productiva en condiciones inciertas— pero sí obliga a leer el hecho con más de una lente. La misma dinámica climática que habilita nuevos cultivos en Santa Cruz es la que retrocede los glaciares de la región. El Perito Moreno, históricamente más estable que otros campos de hielo patagónicos, no está ajeno a las tendencias globales.
Para la Patagonia, la noticia tiene dos caras. Por un lado, abre perspectivas para productores que siempre dependieron de la ganadería extensiva como única opción viable en campos del interior santacruceño. La diversificación productiva en una economía regional que apostó todo a la oveja es una posibilidad real. Por otro, cualquier expansión agrícola en zonas de alta sensibilidad ecológica —adyacentes a glaciares, humedales y áreas protegidas— requiere planificación rigurosa y evaluación ambiental seria.
El fin del mundo empieza a cultivar cereales. Eso merece celebración y también cautela.


