La Patagonia protege sus bosques, pero tres amenazas siguen avanzando
Un nuevo relevamiento confirma que más de la mitad de la superficie boscosa patagónica está bajo algún esquema de protección formal, un dato alentador que, sin embargo, convive con tres presiones concretas que ningún papel detiene. El informe obliga a ir más allá de los porcentajes y mirar qué pasa en los bordes del bosque.
Superar el cincuenta por ciento de superficie forestal protegida no es un dato menor. Para la Patagonia, que históricamente vio cómo sus bosques andinos fueron diezmados por el fuego intencional, la ganadería extensiva y el avance de especies exóticas, llegar a ese umbral representa décadas de trabajo en políticas de conservación, creación de parques nacionales y reservas provinciales a ambos lados de la cordillera.
Sin embargo, el nuevo análisis difundido por Diario Río Negro pone el dedo en la llaga: proteger en papel no equivale a conservar en el territorio. El bosque patagónico —ese corredor de lenga, ñire, coihue y ciprés que corre desde Neuquén hasta Tierra del Fuego, cruzando sin permiso la frontera chilena— enfrenta tres amenazas que los guardaparques conocen bien y que los mapas de protección no logran contener por sí solos.
La primera es el fuego. Los incendios forestales en la Patagonia tienen una lógica propia: vientos que superan los cien kilómetros por hora, humedad mínima en verano y una historia de igniciones que en muchos casos no son accidentales. Las temporadas recientes en Chubut, Río Negro y la región de Los Lagos en Chile dejaron cicatrices que tardarán décadas en recuperarse, si es que lo hacen.
La segunda amenaza es la invasión de especies exóticas. El castor canadiense —introducido en Tierra del Fuego en la década de 1940— sigue expandiendo su zona de daño hacia el continente. Los sauces y álamos plantados en valles cordilleranos desplazan vegetación nativa. Y el visón europeo, instalado en cuencas de Chubut y Neuquén, presiona sobre la fauna ribereña que el bosque necesita para regenerarse.
La tercera es la fragmentación. Las rutas, los loteos turísticos mal planificados y las obras de infraestructura cortan el bosque en porciones cada vez más pequeñas, aislando poblaciones de fauna y dificultando la dispersión natural de semillas. Un bosque fragmentado es un bosque más vulnerable al fuego, a la invasión y al cambio climático.
El dato positivo —más del 50% protegido— debe leerse en este contexto. La protección formal es condición necesaria pero no suficiente. Lo que viene ahora es la discusión sobre cómo se gestiona ese territorio protegido: cuántos guardaparques hay por hectárea, qué recursos tienen, cómo se coordina entre Argentina y Chile en una ecorregión que no reconoce líneas de frontera.
El bosque patagónico es uno de los últimos bosques templados lluviosos del hemisferio sur. Eso no es un slogan turístico: es una responsabilidad geopolítica y ecológica que las dos naciones comparten, quieran o no.


