El trenzado de cuero de Chos Malal: un oficio que empezó a los cinco años
Un artesano de Chos Malal lleva décadas convirtiendo el cuero en piezas de arte que mezclan tradición gaucha y sello patagónico propio.
En Chos Malal, la ciudad más norte del Neuquén patagónico, hay manos que saben hacer con el cuero lo que otros no pueden aprender en ninguna escuela. Un artesano local comenzó a trenzar a los cinco años, aprendiendo de la manera en que se aprenden las cosas que duran: mirando, repitiendo, equivocándose y volviendo a empezar. Hoy, décadas después, su trabajo cruza la línea entre el oficio y el arte.
El trenzado en cuero es una de las tradiciones productivas más antiguas de la Patagonia continental. Arraigada en la cultura gaucha y en el trabajo con el ganado, la técnica permite construir piezas que son al mismo tiempo funcionales y bellas: riendas, rastras, peleros, botas, cinturones. En sus versiones más elaboradas, el trenzado se convierte en un lenguaje visual propio, con patrones que identifican regiones y escuelas de trabajo.
Chos Malal tiene una identidad particular dentro del Neuquén. Es una ciudad de frontera —geográfica y cultural— donde la tradición criolla de la precordillera se mezcla con la historia mapuche del territorio y con la economía ganadera que todavía define el paisaje humano de la zona norte. En ese contexto, el trenzado de cuero no es una artesanía decorativa: es un registro vivo de cómo la gente de este territorio trabajó, se movió y se identificó durante generaciones.
Lo que hace singular la trayectoria de este artesano es la continuidad. Empezar a los cinco años significa que el oficio es anterior a cualquier decisión consciente: fue una forma de crecer, de estar con los mayores, de aprender el valor de la paciencia y la precisión antes de saber que eso tenía nombre. Hoy ese aprendizaje temprano se traduce en un dominio técnico que pocas personas tienen y que no se puede improvisar.
Desde el punto de vista económico, los artesanos del cuero en la Patagonia enfrentan un mercado que valora su trabajo pero que también lo presiona: el cuero importado o sintético compite en precio, los materiales de calidad son cada vez más difíciles de conseguir, y la cadena que va del animal al producto terminado se ha cortado en muchos eslabones. Quienes siguen trabajando en este oficio lo hacen con una mezcla de convicción cultural y de apuesta económica que merece ser reconocida.
El trabajo de Chos Malal es un recordatorio de que la economía patagónica también se teje a mano, con cuero y tiempo.


