Cancillería redobla el pulso por Malvinas y Washington pide bajar el tono
Argentina respondió al comunicado británico y profundizó la disputa diplomática por el arbitraje contra el proyecto petrolero Sea Lion y los vuelos Punta Arenas-Malvinas. Desde Estados Unidos llamaron a desescalar un conflicto que atraviesa la agenda patagónica binacional.
La Cancillería argentina salió al cruce del Reino Unido y elevó el tono de una disputa que ya no se limita al Atlántico Sur: el arbitraje internacional que Buenos Aires impulsa para frenar el proyecto de extracción de crudo Sea Lion y la pelea por los vuelos que conectan Malvinas con Punta Arenas son ahora el corazón de una pulseada que involucra a la Patagonia entera.
El gobierno argentino había anunciado el inicio de un arbitraje internacional contra Londres y fijado un plazo para que el Reino Unido detenga lo que califica como un saqueo de recursos en las islas. La respuesta británica no se hizo esperar y fue dura. La Cancillería devolvió el golpe con un comunicado en el que sostuvo su posición y cuestionó la pretensión británica de administrar unilateralmente recursos que Argentina considera propios.
Lo que agrega una capa nueva al conflicto es la irrupción de Estados Unidos, que llamó a desescalar. Es un gesto que no pasa desapercibido en la región: Washington sostiene una relación estratégica con Londres y a la vez busca no quedar atrapado en un cruce que podría escalar en pleno Atlántico Sur, una zona de creciente valor geoestratégico por el petróleo, la pesca y las rutas hacia la Antártida.
Para la Patagonia, el conflicto no es abstracto. Los vuelos entre Malvinas y Punta Arenas son un punto de conexión real: hoy operan como una de las pocas vías de comunicación aérea entre las islas y el continente, y cualquier cambio en su régimen tiene impacto directo en Magallanes. Empresarios de las islas ya habían expresado su interés en reanudar operaciones logísticas en territorio chileno, una señal de que la economía isleña depende en buena medida de ese corredor austral.
El proyecto Sea Lion, por su parte, amenaza con reconfigurar el mapa energético del Atlántico Sur. Argentina sostiene que la extracción de crudo en la zona es ilegal y que el arbitraje es la vía para bloquearla. El Reino Unido, en cambio, defiende su derecho a explotar recursos en aguas que administra. En el medio, la posición estadounidense de desescalar sugiere que nadie quiere un conflicto abierto en el extremo sur del continente.
Qué viene ahora: el arbitraje sigue su curso y el plazo argentino corre. La pregunta de fondo es si esta pulseada diplomática termina afectando la vida cotidiana de la Patagonia binacional —los vuelos, la logística, la pesca— o si queda encapsulada en los despachos de cancillería. En una región donde la frontera es porosa y las rutas comerciales cruzan el Estrecho de Magallanes todos los días, el conflicto por Malvinas es todo menos lejano.


