Emergencia agropecuaria: sequía y viento castigan el campo patagónico
Santa Cruz y Chubut quedaron bajo declaración de emergencia agropecuaria por la combinación de sequía prolongada y vientos sostenidos que comprometen la producción ganadera. La medida fue elevada por la Comisión Nacional de Emergencias y Desastres Agropecuarios en el marco de la Ley 26.509, lo que habilita asistencia financiera para productores afectados. En la estepa patagónica, donde la ganadería ovina y bovina es columna vertebral de la economía rural, estos fenómenos climáticos no son novedad, pero su simultaneidad agrava el cuadro.

La Comisión Nacional de Emergencias y Desastres Agropecuarios propuso la declaración de emergencia agropecuaria para Santa Cruz y Chubut, dos provincias que enfrentan una combinación que el campo patagónico conoce demasiado bien: la sequía que reseca pastizales y la violencia del viento que los destruye antes de que puedan recuperarse.
La medida se encuadra en la Ley Nacional N° 26.509, que regula el sistema de emergencias agropecuarias y permite a los productores afectados acceder a beneficios como prórroga de créditos, exenciones impositivas temporales y asistencia técnica. No es un gesto simbólico: para el estanciero de la meseta que ya viene de temporadas complicadas, este reconocimiento formal puede marcar la diferencia entre sostenerse o liquidar hacienda.
La estepa patagónica funciona bajo una lógica climática propia. El viento no es un accidente meteorológico, es una constante estructural. Pero cuando se combina con déficit hídrico prolongado, el suelo pierde cobertura vegetal, el polvo viaja en masa y los animales no encuentran forraje suficiente. El resultado es pérdida de peso en el rodeo, mayor mortandad y caída en los índices de preñez, golpes que se sienten durante años.
Chubut y Santa Cruz concentran buena parte de la producción ovina de la Argentina. La lana patagónica tiene reconocimiento internacional y el cordero del sur es producto de identidad regional. Cuando el campo entra en emergencia, no se trata solo de números agropecuarios: se trata del tejido económico y cultural de comunidades que dependen de la producción rural.
Este episodio no es aislado. Los registros de los últimos años muestran una tendencia hacia veranos más secos e inviernos con menos acumulación nival en la cordillera, lo que reduce el aporte de agua a las cuencas que alimentan la estepa. El cambio climático opera de forma silenciosa sobre la Patagonia productiva, y la emergencia agropecuaria es, en parte, su factura.
Los productores de ambas provincias ya habían venido advirtiendo sobre el deterioro de los campos. La declaración de emergencia llega como respaldo institucional, pero el horizonte no se despeja fácil: sin lluvias sostenidas ni políticas de largo plazo para el manejo de cuencas y pastizales, el campo patagónico seguirá expuesto a ciclos cada vez más duros.
Para GLOBALpatagonia, este es un tema de fondo que excede la coyuntura climática: es la historia de un territorio que produce desde condiciones extremas y que necesita políticas de Estado a la altura de esa exigencia.


