El fuego no se apaga solo: Patagonia frente al límite del combate reactivo
Expertos en incendios forestales advierten que la estrategia de combate ya no alcanza para proteger los bosques patagónicos en un contexto de clima cambiante. La prevención, el ordenamiento territorial y la gestión del paisaje son las asignaturas pendientes que definen el futuro de la región. Un debate que cruza la cordillera y obliga a repensar la política forestal en Argentina y Chile.

Hay algo que los que viven cerca del bosque patagónico saben bien antes de que lo diga cualquier informe: cuando el fuego se instala en serio, el avión hidrante llega tarde. Lo que los expertos están poniendo en palabras ahora es que esa sensación tiene base científica y que la política de manejo del fuego en la Patagonia necesita una transformación profunda, no un presupuesto más alto para los mismos instrumentos.
La advertencia central es clara: el combate reactivo, es decir, salir a apagar una vez que el incendio ya empezó, tiene un techo de eficacia que el cambio climático está bajando cada temporada. Las rachas de viento más extremas, las olas de calor más largas y la vegetación más seca durante más meses del año hacen que los focos escapen más rápido y quemen más superficie antes de que cualquier cuadrilla pueda intervenir. El resultado es conocido por cualquier patagónico que haya vivido una temporada de incendios en los últimos años.
Lo que los especialistas proponen no es abandonar el combate, sino cambiar el eje de la política. La prevención implica trabajo sobre el territorio antes de que llegue el verano: cortafuegos, manejo de combustible acumulado en el suelo del bosque, ordenamiento de las interfaces entre zonas urbanas o rurales y masa forestal. Esas interfaces, donde casas, campos y bosques se tocan, son históricamente los puntos de mayor riesgo y los más descuidados en términos de planificación.
Hay además una dimensión que pocas veces aparece en el debate público: el conocimiento local y la gestión comunitaria. Las comunidades que viven en o cerca del bosque patagónico, incluyendo comunidades mapuche que históricamente manejaron el fuego como herramienta de gestión del paisaje, tienen saberes que la política forestal convencional tiende a ignorar. Integrar esos saberes no es romanticismo: es eficiencia territorial.
El problema tiene un costado binacional que GLOBALpatagonia no puede omitir. La Patagonia forestal no entiende de límites entre Argentina y Chile. Los bosques de lenga, coihue, araucaria y ciprés son continuos a lo largo de la cordillera, y los incendios que se inician en un lado pueden cruzar al otro con el viento. Sin embargo, los sistemas de prevención, alerta y combate siguen siendo nacionales, con coordinación binacional apenas esporádica. La temporada 2022-2023, que dejó cicatrices enormes en la zona cordillerana, fue una demostración brutal de ese déficit.
La discusión de fondo es política: invertir en prevención es más caro en el corto plazo, menos visible que un avión Hercules tirando agua, y sus resultados se miden en incendios que no ocurren. Eso lo hace difícil de sostener en agendas de gobierno que miden ciclos cortos. Pero la Patagonia no tiene temporadas cortas. Tiene bosques que tardaron siglos en crecer y que, una vez quemados, no vuelven solos.


