La Conquista del Desierto: lo que el mito nacional oculta sobre la Patagonia
En los libros de texto se llamó 'civilización'. En los campamentos tehuelches y mapuches que arrasó el ejército de Roca entre 1878 y 1885, fue otra cosa. A 140 años de la campaña, la Patagonia sigue procesando las consecuencias de lo que oficialmente se celebró durante más de un siglo como hazaña fundacional.

El general Julio Argentino Roca llegó a la Patagonia con un argumento que el Estado argentino del siglo XIX encontraba irrefutable: el desierto era un obstáculo para el progreso, y el progreso requería que el desierto dejara de existir. El problema, claro, era que el desierto no estaba vacío. Estaba habitado por tehuelches, mapuches, ranqueles y otros pueblos que llevaban siglos —en algunos casos milenios— en esas tierras. Roca lo sabía. Sus oficiales lo sabían. Y aun así, entre 1878 y 1885, condujeron una campaña militar sistemática para expulsarlos, someterlos o exterminarlos.
La Conquista del Desierto no fue una batalla sino una serie de campañas coordinadas que avanzaron desde el Río Colorado hacia el sur utilizando por primera vez el telégrafo y el ferrocarril como herramientas de guerra. La tecnología militar argentina era muy superior a la indígena, y la estrategia consistió en cercar a los grupos, destruir sus reservas de alimento y ganado, y obligarlos a rendirse por hambre o combatirlos en campo abierto. Los prisioneros de guerra fueron distribuidos como mano de obra forzada: los hombres enviados a trabajar en estancias y obrajes del norte, las mujeres colocadas como sirvientas en familias de Buenos Aires, los niños separados de sus padres en procesos que hoy se llamarían tráfico de personas.
Las cifras documentadas por los propios partes militares hablan de más de 14.000 indígenas reducidos en la primera campaña de 1879. Los muertos en combate fueron miles más. Los que huyeron hacia la cordillera o hacia Chile fueron perseguidos durante años. El territorio que quedó libre de resistencia organizada fue repartido entre los financistas de la campaña —que habían comprado bonos del Estado pagaderos en tierras— en latifundios de cientos de miles de hectáreas que siguen existiendo hoy bajo las mismas familias.
Durante más de un siglo, la historiografía oficial argentina celebró la Conquista del Desierto como el acto fundacional que hizo posible la Patagonia moderna. El mito nacional construido alrededor de Roca era el del civilizador: el hombre de Estado que abrió la puerta sur del país al progreso. Las escuelas enseñaban esa versión. Los monumentos la esculpían en bronce. El billete de cien pesos llevó durante décadas la cara de Roca.
El giro comenzó a ocurrir lentamente desde los años noventa, cuando comunidades mapuches y tehuelches organizadas empezaron a exigir reconocimiento y reparación. El debate se aceleró con el Bicentenario y llegó a un punto de inflexión simbólico en 2019, cuando el gobierno argentino retiró de circulación el billete de Roca y lo reemplazó por la imagen de una ballena franca austral. En 2021, el Congreso convirtió el 11 de octubre —víspera del Día de la Raza— en Día del Respeto a la Diversidad Cultural.
Pero los nombres siguen en las calles, en los carteles de las rutas, en las escuelas. Y las tierras que se tomaron entonces siguen, en su mayoría, en manos de quienes las recibieron como botín. La Patagonia moderna fue construida sobre esa base. Entenderla requiere mirar ese origen con los ojos abiertos, no para congelarse en la culpa sino para comprender por qué ciertas conversaciones sobre propiedad, territorialidad y derechos indígenas son tan complejas y tan urgentes al mismo tiempo.