Punta Arenas: la ciudad que sobrevivió al fin del mundo para convertirse en la capital del sur
Fundada como penal y presidio en 1848, azotada por motines y vientos de 150 km/h, abandonada varias veces antes de que alguien decidiera quedarse para siempre. La historia de Punta Arenas es la de una ciudad que no debería existir — y que por eso mismo es extraordinaria.

El 18 de diciembre de 1848, un grupo de soldados chilenos desembarcó en una lengua de tierra sobre el estrecho de Magallanes y plantó una bandera. El objetivo era estratégico: establecer presencia soberana en el paso entre el Atlántico y el Pacífico antes de que lo hicieran los ingleses, que andaban rondando. Lo que fundaron se llamó oficialmente Fuerte Bulnes, aunque nadie en Santiago estaba del todo seguro de que valiera la pena. El lugar era miserable: viento sin pausa, frío sin gracia, madera escasa y suministros que llegaban meses tarde cuando llegaban.
El fuerte duró poco. En 1849 un incendio lo destruyó casi por completo, y las autoridades decidieron trasladar el asentamiento unos kilómetros al norte, a un sitio levemente más protegido del viento. Lo llamaron Punta Arenas. El nombre es una descripción exacta: arena y punta, un accidente geográfico sin mayor glamour. Los primeros habitantes eran en su mayoría presos condenados a cumplir sus penas en el extremo austral del mundo, lejos de todo. Difícilmente hubieran elegido estar ahí.
Los primeros años fueron brutales. En 1851 un motín de prisioneros y soldados desertores dejó varios muertos y obligó a una evacuación parcial. En 1877 otro motín, más sangriento, estuvo a punto de arrasar el asentamiento. El gobierno chileno consideró seriamente abandonar Punta Arenas en más de una ocasión. Era cara de mantener, difícil de abastecer y políticamente incómoda. Solo la persistencia de algunos funcionarios convencidos de su valor estratégico la mantuvo en pie.
Lo que salvó a Punta Arenas fue el comercio. A medida que el tráfico marítimo entre Atlántico y Pacífico creció en la segunda mitad del siglo XIX, el estrecho se convirtió en ruta obligada. Punta Arenas era el único puerto con capacidad de abastecer barcos en miles de kilómetros. La llegada de inmigrantes croatas, ingleses, españoles y alemanes desde las décadas de 1870 y 1880 transformó el presidio en una ciudad mercantil con una clase empresarial que no tardó en volverse poderosa. Las familias Braun, Menéndez, Nogueira y Blanchard construyeron fortunas laneras y ganaderas que convirtieron a Punta Arenas en una de las ciudades más ricas de Sudamérica a principios del siglo XX.
El boom terminó en 1914, cuando la inauguración del Canal de Panamá eliminó de golpe la razón principal para que los barcos cruzaran el estrecho. Punta Arenas perdió su posición en el comercio marítimo mundial casi de la noche a la mañana. La ciudad se adaptó. El petróleo descubierto en Tierra del Fuego en los años cuarenta, el turismo que fue creciendo desde los ochenta, la base antártica que la convirtió en puerta de entrada al continente blanco. Cada vez que el mundo cambió, Punta Arenas encontró una nueva razón para seguir existiendo.
Hoy es la ciudad más austral del planeta con más de cien mil habitantes, capital de la región de Magallanes y punto de partida para viajes a Torres del Paine, a la Antártida y al cabo de Hornos. Sus palacios de estilo inglés y sus palacetes de zinc importado conviven con el viento que nunca para. En el cementerio, los apellidos de las lápidas narran en silencio la historia de una ciudad que se construyó con la gente que sobró de todo el mundo y que tuvo la obstinación suficiente para quedarse.